El héroe contra la masa

Una reflexión sobre la novela de Charles Dickens, Historia de dos ciudades

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De todas las significaciones que Dickens quiso dar a su obra Historia de dos ciudades, son varias las que nos llaman la atención. La primera, la más obvia, se centra en el contraste entre dos mundos: el orden imperante aunque cadavérico del Imperio Británico y la agitación convulsa e incipiente de su cadáver político hermanado, La Francia absolutista que dará a luz a una sangrienta y renacida primera República francesa. La segunda, el arquetipo romántico de uno de los protagonistas, Charles Darnay, un héroe que en su voluntad de mantener un código de conducta honorable, se ve envuelto en un lío de varios pares de narices. Si bien el esquema no llega a un final trágico, al menos no tan trágico como en las Desventuras del joven Werther de Goethe, la dualidad con otro personaje, en este caso el fracasado abogado Sydney Carton, nos lleva a un esquema más complejo en el que héroe y antihéroe se confunden alternándose formas de comportamiento.

La psicología de los personajes, si no es por el detalle, ya es tridimensional y podría diferenciarse de los clásicos románticos en el intercambio de roles de los personajes. Sin desvelar más detalles, el indefenso, muerto de hambre y miserable pueblo no es tal; el brillante y eminente tampoco; el loco no es tan loco y así sucesivamente. Volviendo al primer aspecto, se produce el quid de la novela, el tránsito de una atmósfera a otra: de la sumisión a la sed de sangre del pueblo llano, de cómo este toma el poder e invierte el rol de siervo a ciudadano, dueño de su propio destino y responsable de sus actos. Dickens elabora la crítica a la miseria que le es característica. Pero siempre teniendo presente el fantasma de la revolución y su sangrienta estela, probablemente por la influencia de la mentalidad de la época y por el hecho de que Dickens nunca fue un socialista revolucionario sino más bien un reformista y un decidido crítico de las instituciones pero sin abogar por un cambio radical, trascendental o traumático, como se prefiera.

Desde el espíritu del hombre igualitario, pronto se antepone la lucha a contracorriente de los personajes centrales de la novela, en contra de la dinámica de lo colectivo: los ciudadanos en defensa de la patria ya anteponen el comportamiento propio de la masa, en este caso, de una masa ideologizada que absorbe a todo elemento que produzca distorsión. En este caso, el elemento distorsionador no es otro el antiguo aristócrata Charles Darnay, que frente a la lógica del destierro, regresará  a París para cumplir una promesa. Su conducta decisiva, que antepone la voluntad individual, el compromiso con sus valores, frente a la voluntad colectiva de la sociedad revolucionaria y movilizada. Esa que al mismo tiempo, y en ordenanza de su nueva ley caerá sobre el héroe para someterlo. Sus compañeros pronto se ven en apuros para cambiar una situación que escapa a sus poderes e irónicamente, será una acción individual la que desenrede el nudo de la historia.

En la actualidad, la lucha de la voluntad del individuo contra la sociedad que lo cerca y lo influye, se desarrolla de forma tan natural como siempre en la historia. El concepto no es novedoso pero siempre resultará tremendamente atractivo. Podríamos hacer hincapié en una sociedad de masas transformada en sociedad en red que, poco a poco, ha vuelto a traer como protagonista al individuo. Ya sea en forma de selfie, blog, red social o en cualquier otra manifestación de cambiar la realidad que nos rodea desde la identidad individual, preservándola en la nube pero sin volverla inmune.  Identidades individuales que se encuentran, de golpe y a estas alturas del siglo, con la necesidad de retornar a la colectividad cuando deciden ir en busca de un cambio revolucionario.

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