La última obra de Bernard-MaríeKoltès, calificada como un “Hamlet moderno”, toma estreno en el Teatro Central bajo la dirección de Julio Manrique, trayéndonos lo mejor del texto literario y atrapando al espectador en la trayectoria, y sobre todo en la mente, de un personaje tan dulce como siniestro.

En una noche oscura, tan tenebrosa, dos guardias de prisión nos invitan a acompañarles en la ronda nocturna y a presenciar algo inaudito, que se ve allá arriba. Por los tejados de la prisión anda, como pedro por su casa, Roberto Zucco.

Zucco (se parece  a succre, pero no estamos del todo seguros), es el nombre de una personaje real, el caso de un asesino en serie veneciano, que con tan sólo 19 años mató a su padre y a su madre. Tras escapar de la cárcel en 1986, protagonizo una ola de asesinatos y violaciones a lo largo del sur de Francia e Italia, entre los Alpes y el Mediterráneo, en una huida hacia adelante que trajo de cabeza a los investigadores que iban tras de su pista. Su carrera terminó, detenido por la policía cerca del domicilio familiar que lo vio crecer, en 1988.

Pero también es el protagonista de la obra póstuma del dramaturgo y director teatral francés Bernad-MaríeKoltés, escrita poco antes de su muerte a causa del SIDA. El Roberto Zucco que aquí encontramos, interpretado de forma soberbia por Pablo Derqui,  es un personaje atrapado entre su condición de héroe  y asesino, que parece buscar incansablemente el sentido de su existencia a través de los crímenes que comete. Solitario, incansable, esquizofrénico, Zucco merodea y husmea por entornos muy dispares: parques, estaciones de metro, suburbios marginales, burdeles y viviendas particulares (que no duda en violar). Le gustaría ser transparente (como uno de esos perros callejeros devorados por la sarna) pero irónicamente arrastra, de forma implacable y arrolladora, a todo y a todos cuantos le rodean. En el proceso, tocados de manera directa o indirecta por el “ángel” Zucco, descubrirán sus propias miserias particulares, la condición caótica de unos personajes que luchan, negocian, gritan y lloran de ira o desesperación, se consumen en sus pasiones, se convierten en metáforas de la propia condición humana. Todos ellos consideran el amor como un tesoro, pero porque consideran que carecen de él.

Un reparto de lujo, completado por Laia Marull, Maria Rodríguez, Andrés Herrera, Xavier Boada, Rosa Gàmiz, Xavier Ricart y Oriol Guinart, muestra ante el espectador más de una veintena de personajes. Ninguno de ellos sobra ni falta. Todos participan en el pérfido juego de la vida, se reflejan en el retrato de Zucco, el asesino, para darse cuenta que no se encuentran más lejos que él de la verdad. Son personajes que se mezclan con el público e incluso nos señalan acusadoramente, recordándonos que no somos mejores que ellos, los apestados de la sociedad. Algunos momentos dramáticas nos erizan el pelo, nos implican de forma activa en la interpretación que Julio Manrique nos da de Roberto Zucco. Monólogos como el de Ofelia, la escena de El Rehén… capítulos magistrales, encerrados en los módulos de un escenario, un entorno,  atmósfera y decorado que  participan activamente para guiarnos y sumergirnos de lleno en una acción marcada activamente por una particular banda sonora.

Profundamente realista, Roberto Zucco atraviesa la ficción para instalarse en nuestras mentes, en el universo desconocido de un asesino y de unos personajes con los que acabamos implicándonos en sus luchas internas e incluso sintiéndonos identificados con ellas. El efecto final es que nos quedamos cegados, intentando ver algo que sólo un asesino, un loco como Zucco, sería capaz de ver. O quizá cualquiera de nosotros.