Sátira y humor, crítica y pesimismo, esperanza y ternura, todo cabe en la variete de la Vi e Bel. Celebrando sus 20 años de existencia, la compañía granadina realizó durante los pasados días un repaso autobiográfico con algunos de sus números y piezas más “sonados”

Penumbra, una orquesta de fondo y actores caminando de aquí y allá entre bambalinas. Nada de telón. De entrada, el tren de la lluvia nos invita a acercarnos al escenario, a integrarnos en la función. Con toda naturalidad el Central se convertía, de repente, en un bar clandestino, en un entrañable “antro” bajo el subsuelo de las calles de Berlín. Cercanía e intimismo son dos palabras que podrían resumir la atmósfera con la que Virginia Nolting nos regalaban una pieza de fado. Y a continuación oscuridad y focos daban inicio a la pieza principal, ese tema del tren de la lluvia que da título a la obra, un baile que hablaba de la nada, de la soledad que nos arrolla sin piedad en nuestro intento por ser libres.

La libertad podría ser uno de los temas principales de este cabaret anarquista, que entre los intervalos o entre-escenas, se aparecía Manuel Goyanes (“ese pesao que aparece de vez en cuando”) para desnudarse verbalmente e invitarnos a la reflexión en este viaje en busca de nosotros mismos. A destacar la escena de Memorias, en la que los actores (algunos de ellos malagueños) nos llevaban a ese viaje a través de vivencias y anécdotas de la niñez. Tiernas como hilarantes todas ellas, en especial el genial Piñaki Gómez contándonos su episodio de “hipervitaminosis” que supo despertar la carcajada y el aplauso del público. Sátira descarnada y bailarina para el capítulo dedicado al fascismo con los actores encarnando a algunos de los personajes del momento: un Mussolini machote e histriónico, un Franco necesitado de su chupete y una Larissa Ramos en un magistral doble, casi caricatura o cartoon, de Hitler. Javier Parra rizaba el rizo a este número, uno de los más aplaudidos de cabaret caracol, con una absurda y desternillante traducción simultánea. Casi hacia el final una mirada irónica de la muerte (contada por la muerte y su disparatado marido) en la que el elenco de actores a modo de artistas muertos nos traían interpretaciones deslumbrantes. Como la de Nerea Cordero, que en el personaje de ‘Lola’ nos explicaba su muerte en forma de tango.

Coordinación perfecta en todo momento, los actores se interrelacionan entre ellos, mueven piezas de atrezzo, vagabundean por el escenario y se integran con la banda y el público con total naturalidad, sin esconder nada. La Vi e Bel nos trajo un espectáculo sobresaliente con chispa y con una crítica que tiene muy en cuenta los difíciles momentos por los que pasa el teatro actualmente. Manuel Goyanes hacía una última aparición para sincerarse con nosotros en este aspecto. “¿De verdad vale todo esto?” Para comprenderlo él, con sorna, nos dice que se remonta al Neolítico, al papel que el artista, ese “loco” según Goyanes, tiene para “hacer feliz a los que le rodean, al conjunto”. El director aclara como epílogo final “para aquél que piense que los de este mundo vivimos a base de subvenciones está muy equivocado, eso no es así. Detrás de todo esto hay muchísimo más y muchos momentos de malos tragos”.