Volver a nacer o el asombroso caso de Benjamin Button. Esta enrevesada perífrasis temporal se convierte en constante en bandas como The Satelliters, nacida en Hamburgo. Celebrando veinte años desde su advenimiento (y treinta y tantos añazos desde que unos cuantos locos rescataran el garage rock), el nuevo disco Satelliters no puede ser más descriptivo: More of The Satelliters. Más de ellos porque la botella de la que beben no se acaba y evolucionan como si el tiempo acusara una desaceleración que lo ha bifurcado irremediablemente en una realidad paralela. Los años 60 nunca jamás terminaron, los grandes estadios con vistas en 180 grados nunca se construyeron, y el rock and roll malvive con guitarras roídas en locales soterrados y de mala muerte. El lenguaje con el que hablan sigue cargado de letras escandalosas, retorcimiento de barrotes prisioneros y patadas en los oídos, despertando mojigatos de su siesta, haciendo volar los sombreros de las señoras y desabrochando los vestidos de las señoritas. The Satelliters llegan ahora a los 90, “sus noventa”, pero habiendo madurado en el proceso: las guitarras suenan menos huecas, más aceleradas y naturales. Y el virtuosismo o las etiquetas importan (con perdón)un carajo. Lo importante es bailar, bailar y bailar, cuanto menos sobrio mejor. Tranquilos, para los que se conforman con dos gin-tonics, la diversión también está asegurada.

The Satelliters se incorporaron de la misma forma que se había retrasado la hora del concierto a las 11 (las 9 de la noche no era un horario realista): sin prisas y sin tensiones. Con apenas incisos y la conciencia tranquila de que lo que van ofrecer es un compendio de The Satelliters más que un nuevo disco, la ocurrente patada en el suelo diciendo “Aquí estoy yo!”. Sucesión de temas desconstrolada y frenética, sin tiempo apenas para tomar aire, por parte de una banda que ha pasado por casi todo: acordes playeros (let’s go to the beach), psicodelia ácida con aires byrdnianos con Don’t take no maybe, a los tonos más raudos frenéticos y rockanrolleros que ambientaron el primer tercio de la noche con temas como The last complaint of clerence man. A estás alturas no podíamos sacarnos de la cabeza Gotta get you (esa armónica su salsa identificadora), It’s gotta be you, mientras por el escenario desfilaban algunas de las señas de identidad de la banda como las maracas en manos Steve, vocalista, epicentro-orquesta y operador de órgano imprescindible para recuperar aquella atmósfera retro presintetizadora (exponente máximo en You will never be y Lost in time). Si bien la parte central la ocuparon los temas nuevos, de la prolífica caverna discográfica de The Satelliters también salieron otros temas de más envergadura, de pasados y no tan lejanos LP’s: Hashish, Unknown state of mind así como la exitosa Where we do go (que da nombre al disco homónimo), You better walk away, Trip to your soul y otros que se remontan a aquella época de freaks encapuchados como 4 Steps To Her temas que dan el mayor juego a los acompañamientos y guitarras de Zahni y Diego. Asistir a un ritual auspiciado por el cuarteto alemán significa comprobar en carnes propias y ajenas por qué The Satelliters están considerados la llama rutilante y siempre incombustible del género.

Fernando (aparecido en capítulos anteriores con The Smoggers), junto con Ana a la batería, nos hicieron entrar en calor con su versión mini, dueto, de aquellos ruidosos pioneros, exploradores del primitivismo contemporáneo. Charm Bag nos retrotrae a un tema de The Gories que resulta representativo de aquella esencia primigenia: baterías enérgicas que suenan aporreadas, guitarras que se desquician y, más que voces, gritos eclécticos mezclados con ladridos, onomatopeyas y cualquier sonido que unas cuerdas vocales (humanas) puedan articular. En Voodoo Rock n Roll, su nuevo disco, se ofrece aquello que el garage no pudo ofrecer y que sus integrantes querían expresar. Charm Bag y duo-jet the Stomp, ilustra estas intenciones, en cuanto a machaque de guitarras e idas de olla, especialmente esta última que ofrece la experiencia sonora más completa. Trash rock que no puede despegarse de las letras pegadizas como en I’m crazy y New kind of kick. No sabemos con exactitud si la ronquera de Fernando ayudó a acentuar su mensaje o a emperorarlo, si quedo en handicap o en estropicio. Misterios del rock and roll.