Una apertura de tonos graves y lúgubres marca la apertura del telón. Tras él, una escena congelada da lugar a una atmosfera de fastos y algaravía; la fiesta del palacio del Duque, en “la reggia del piacere”, da comienzo ante un  espectador que no puede evitar quedar atónito ante tal despliege de riqueza visual, en cuyo fondo se oculta la  tragedia latente. El Rigoletto de Stefano Vizioli condensa desde el primer momento de su preludio un entorno fiel  al original, pero con un estilo propio que en su visionado nos descubre aspectos que quizá para el aficionado  quedaron ocultos tras la partitura.

Los personajes: potencia dramática tras las voces

La obra verdiana tiene no más de un puñado de personajes con un trasfondo realmente rico, que se desarrolla con la  trama. Al duque de Mantua, incorregible libertino, la cándida Gilda y al propio Rigoletto se le une una cohorte de  personajes que no nos resultan ajenos: cada uno de ellos nos muestra una faceta de la obra. La potencia de este  Rigoletto estrenado en el Maestranza reside precisamente en eso, en una labor dramática y de escena que trasciende  la belleza de la música, las arias y los diálogos, para mostrarnos aspectos subterráneos al relato. La principal  baza de este descubrimiento recae sin duda en el bufón. Interpretado por un impecable Leo Nucci, Riggoleto nos  transmite sus sentimientos, sus temores y obsesiones en un diálogo natural con el espectador. Al principio es un  personaje vano y mezquino, pero pronto la mascarada cae. Leo Nucci consigue que escenas como la de la llegada al  hogar, nos trasmitan el alborozo de la relación con su hija Gilda y la perdida dolorosa de su esposa de una forma  sin igual, humanizando a un personaje que manifiesta por otro lado una profunda y terrible soledad.

Soledad que queda destacada en el acto tercero, con un Rigoletto desesperado, caído en desgracia e implorante ante  los nobles de la corte que observan el despliegue de piedad e imploración del bufón con indiferencia, cual estatuas  sombrías. Si la psique del protagonista se nos descubre con total facilidad, no menos la de su hija Gilda,  interpretada por Mariola Cantarero. La soprano nos inunda con un torrente de voz que nos abruma y enternece a  partes iguales. No sólo por el despliegue vocal, que reafirma el talento nacional con sobresaliente (su canto llega  límpido incluso tumbada en el dormitorio de Gilda) sino también por su actividad dramática: en dúo con Leo Nucci,  Mariola demuestra una tónica de complicidad y buen trabajo con el boloñés que cumple con creces las exigencias de  uno de los temas centrales de la obra, el amor paterno-filial.

Si con Nucci la granadina da luces de espectacularidad, no menos con el villano, un Ismael Jordi que resulta  soberbio y desenvuelto en su papel de duque de mantua, libertino y mujeriego. El cantante da juego a la  espontaneidad y a la improvisación y su versión de La Donna e mobile no deja para nada indiferente. Soberbias  también las apariciones del Conde de Monterone (Miguel Ángel Arias) y Giovanna (Ana Otxoa) que aunque breves salen  al paso con luminosidad. El primero nos transmite tal rabia desgarrada en su maldición al bufón que nos resulta  natural el estremecimiento de este a lo largo de la obra.

De la Giovanna de Ana Otxoa, graciosa y burlona, esta se  presta también a la improvisación, no sin acierto. Sparafucile, el taimado asesino a sueldo (interpretado por  Dimitry Ulyanov), logra también su hueco de gloria con una voz tronadora a la que se une un inigualable carisma en  la interpretación del Bajo. Aunque era notable el nerviosismo del estreno la obra siguió su desenredo, de forma  engrasada y eficiente como el mecanismo de un reloj, propio de una labor en el que se han reconocido horas de  trabajo y esfuerzo.

Baile de música y canto

También reconocible el trabajo de orquesta, dirigida por Pedro Halffter. El director de orquesta ya matizón  anteriormente al estreno el énfasis que en este Rigoletto se había puesto en la sincronización entre la orquesta y  los intérpretes. La pieza está perfectamente ejecutada y acompaña con sus efectos especiales las coreografías de   los actores. Para esta versión de la obra de Verdi, Steffano Vizioli ha querido poner el acento en la naturalidad  de los movimientos de los actores. Estos caminan, danzan, se revuelven, abrazan y vilipendian con naturalidad y  expresan con un mudo tono, las conversaciones cortesanas, las bromas y los cotilleos.

Ambiente preciosista y clásico en cuanto a la escenografía y el vestuario, de la mano de Pierluigi Samaritani. El  italiano logra un espectáculo visual impecable desde el punto de vista histórico. Tan concienzudamente escogido  como suntuoso, la escena de la fiesta del preludio nos trasporta de lleno a la época, al interior de un cuadro  renacentista de la escuela florentina. Con acierto, el lujoso entorno palaciego contrasta en iluminación y materia  con las escenas callejeras del acto tercero o con la atmósfera cálida y apacible de la casa del bufón en el acto  primero. El toque visual, característico en cada escena convierte este Rigoletto en una síntesis de elementos que  tiene como resultado un disfrute visual y acústico que resultará inolvidable para el público sevillano.