Los últimos coletazos de la segunda parte de Nocturama dieron a su fiesta del décimo aniversario contundencia, carácter y sobre todo una cresta de ola que desde el minuto uno parecía difícil de superar. Tres fogonazos iluminaron las velas de cumpleaños: desde el alma de rock multifacético de Julian Maeso pasando por las graves dosis del alt rock tapizado de folk y blues de los Milkyway express, hasta el soul remojado en garage y gratinado de funky de Lisa & the lips.

Como todos nosotros, el festival de referente veraniego Nocturama se va haciendo viejo. Pero antes de empezar a contar las canas, medir la altura en la pared y pegar su décimo estirón, no duda en rodearse de los mejores amigos para celebrar el espíritu de la buena música que todo festival guarda en sus entrañas. Con este motivo, la penúltima cita antes de despedir los cálidos vientos del sur y echar la persiana congregó a todos los miembros de la familia, desde los sobrinitos más “peques” hasta la gran miríada de tíos y tías. Todos con el cromosoma que alberga el rasgo genético de la familia más frecuente: el buen gusto por la música, por los clásicos y las influencias retro.

Tras soplar las velas, Julian Maeso aportó el primer regalo de la noche dejandose, sin importarle, el presupuesto en el camino. Y dejando su seña de identidad, en una andadura en solitario que tras varios años ha terminado por confirmarle como uno de los imprescindibles de la escena musical española. Reverberaciones a las manos del teclado de su órgano Hammond, voces profundas y coros femeninos que mezclan en un entorno de lo más soul, melenas largas (a las que sólo le faltaban las flores) e instrumentos desgastados. La mezcla fue difícil de concretar, pero el sabor fue sin duda mágico con una Through an early honeymoon como intro y primera chincheta en el mapa. Teclados desbocados, voces desgarradas, dialogación a lo góspel mientras trazamos sobre una We can’t keep on waiting for good times to come la primera línea con el compás. Cambiando a una 335 llegaba el momento de la inevitable pregunta (“¿Hay alguien ahí?”) seguido de una unísona afirmación, señal de que aún había pulso en la ralea.

Sonidos country mezclados con sentimiento blues y un trotecillo missisipero, paseos y aporreos a lo largo del teclado que marcaron el primer solo de la noche y acompañaron de influencias black con unos sonoros “Come on!” que retumbaban en múltiples orejas. Para los primeros agradecimientos, aparte de la felicitación de rigor al equipo del propio festival, Julian quiso recordar sus múltiples pasos por la hispalense acompañado de grupos como Pájaro o los Blues Blasters, invitando al escenario a un Juan Arias que nos dedicó caústicos chispeos a la armónica. Tonos bajos y ensoñadores, una carretera de marfil que no deja de repiquetear y un acompañamiento de una guitarra cálida y armónica enlazaba It’s been a hard day con una voz distorsionada y gutural al inicio de Some day maybe someday Marcaba las vueltas a las guitarras revestidas de puros altavoces del rock, riffs clásicos en cauces setenteros. Rebuscando en el fondo de la caja, la última chincheta que clavar en el mapa nos la regaló One way ticket to Saturn (nombre del nuevo disco) y de ahí a la locura desatada y al funky mestizo; blues cargado de coros energizantes y un jaleo atronador acompañado de una cabriola final de Julian dando las últimas pulsaciones a su guitarra.

¿Aún no habéis tenido suficiente? El segundo papel de regalo que destrozar iba a ir acompañado de un pitído ferroviario. Bloody boots daba ambientación a la segunda temática de la noche de la mano de los Milkyway Express. Influencias desérticas y una nota de nostalgia (“I left my life, I left my home”) para el alt rock de estos sevillanos. Sus tamidos bluseros, visos folk y lisérgicos nos acompañaron a través de un largo set de canciones comenzando por Penitencia que nos hace pellizcarnos, intentando recordar las influencias de este stoner rock del que el avispado puede dar cuenta en la camiseta de Carlos riverboy (vocalista y guitarra acústica) que rememora a unos Black Sabbath en su mediana edad. Para todos aquellos que alguna vez han amado grupos como Cream, Grand Funk Railroad, Buffalo, Mountain, Lynyrd Skynyrd… las líneas de bajo nos mantienen en esa travesía ferroviaria, repleta de acción y rock salvaje.

Con una armónica que se ahoga en un micrófono vintage metálico, el sonido que nos llega es herrumbroso, suena a válvulas metalizadas mezclada con la acústica y la voz trementamente profunda de Carlos. Interpretando las canciones de su nuevo disco PerroRosa, “Goodnight butcher” nos trae a otra región de este paisaje country. “Bueno familia […]Muy buenas noches y larga vida al rock and roll”, la interpelación nos lleva a Hi Hi que quedó desprovista de guitarras por un fallo técnico que se volvió recurrente a lo largo de su intervención, pero que volvió para darnos un ritmo que sólo se podría seguir con los andares de la célebre viñeta de Robert Crumb Keep on truckin’. Wiskey triple x para pasar por la riqueza de registros de Pecado, Something S. Wrong y Lost days que confirma los ritmos pesados, una armónica desenfrenada y una batería que quita la migraña. La última parte de Lost days ya se ocupó de reproducirla un público entregado y vociferante. “Vamos, queremos escucharos”, sonaban las peticiones de Álvaro Aspe a un micrófono carrasposo mientras el tren camina hacia el despeñadero y el escenario parece derrumbarse sepultado por una avalancha de “piedras rodantes” a la crepuscular Hot & Dry.

Tercera nota de color. Tercer y último regalo, esta vez cortesía de Lisa & the Lips. Tras la exuberante melena afro de Lisa Kekaula (y una exuberante voz soul que nos transporta a una Tina Turner rejuvenecida) los Lips conforman un buen puñado de experiencia y buena mano venido de múltiples bandas (The Right Ons, Diamond Dogs, True Loves…). El equipo fue subiendo al escenario a ritmo de baquetazos y advirtiéndonos (“Are you ready?”) de la fuerza del garage rock y de el soul incandescente que se nos venía encima. Lisa & the Lips marcaron una rápida sucesión de canciones que tomaron como punto de partida, Come back to me y muchas de su álbum debut, del mismo nombre de la banda.

Color como decíamos no sólo por un soul que quitaba el hipo, sino también por los teclados de Henrik Widen fundamentales en canciones como Black Board y The Pick up (de las más tranquilitas). Un piano que cobró protagonismo en numerosas ocasiones con derrapes y rápidas pulsaciones por minutos en un alarde de virtuosismo por parte de Widen. Cuando se juntan buenos músicos, inevitablemente todos acaban añadiendo su toque personal de locura. Bob Vennum, compañero de Lisa en The BellRays, no cejó en sus asaltos guitarrísticos mientras Pablo Pérez (segunda guitarra) saltaba desde el escenario a las cajas de bajos que lo rodeaban y poniéndose a escasos centímetros del público para volver a una agrupación que se movía de forma autónoma por el escenario. Las secciones de viento metal de David Carrasco (saxo tenor) y Alex Serrano (trompeta) añadieron ese toque blues brothers con sus gafas oscuras y aportaciones a un cachondeo y al clima bailongo que iba en crescendo.

A medida que se sucedía el ritmo frenético de canciones, se desencadenaba un delirio brutal, con el funk más electrizante de The Player y Stop the Dj. No fue posible “parar al Dj”, en este caso, a una banda que incurría en la extensión hasta el infinito y la improvisación para satisfacer a un público ensimismado en el baile y en la dinámica disco: una danza psicodélica y desenfrenada, hasta destrozar primero los pies, después los tobillos y subir hasta el fémur. Parecía que la locura no fue suficiente para una banda desplomada en el escenario y una congregación de espectadores en seguimiento de este cuerpo a tierra para volver a levantar la fiesta, de un salto y al unísono. Locura que no terminó para un fin de fiesta insaciable: fue necesario un fulminante y único retorno para dar por concluida la última copa, el trago final del ponche de un aniversario que marcó una de las noches más intensas de Nocturama.